Las raíces futuristas del transhumanismo. Camino hacia la sociedad psicopática

El presente artículo se propone ubicar el movimiento futurista (de principios de siglo XX), cuya máxima expresión es la obra del poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti, como uno de los precedentes de la ideología transhumanista actual. Siguiendo a Byung-Chul Han, llevamos asistiendo por largo tiempo a una agonía del Eros, pero lo más preocupante no es dicho proceso en sí, sino algo que le subyace, mucho más profundo, lo que he dado en llamar agonía del Pathos. Es decir, el movimiento transhumanista pretende extirpar de raíz el sufrimiento humano, el “pathos”, que es aquello que nos permite empatizar con el otro (a partir de nuestra propia experiencia de sufrimiento). En esta huida temeraria, nos acercamos inexorablemente a una sociedad psicopática (por oposición) que elimina de forma aparentemente perentoria la posibilidad misma de empatizar. No se trata tan sólo de un problema ético o filosófico, sino de una auténtica encrucijada civilizatoria.

Introducción

“¡Detente instante, eres tan hermoso!”

Johan Wolfgang Goethe, Fausto.

Pensemos en la filosofía platónica, en los Diálogos, Fedro, Fedón, en Heródoto y su relato acerca de la fuente de la juventud, en las hazañas de Ponce de León en Florida, en El retrato de Dorian Gray (1890) de Oscar Wilde, pensemos en el idealismo alemán de Ludwig von Feuerbach o en la película Prometheus dirigida por Ridley Scott. Allá donde miremos en los confines de la cultura encontramos miles de casos arquetípicos.

Es muy interesante detenerse en los modelos que brinda el cine. No por casualidad a lo largo de las últimas décadas, las taquillas se han abarrotado de películas de ciencia ficción (distópicas o no) en torno a la temática del transhumanismo. Si Asimov levantara cabeza… Lo cierto es que es un género que ha irrumpido con mucha fuerza en la gran pantalla: Blade Runner, Bicentennial Man, Matrix, Gattaca, Trascendence, Elysium y un largo etcétera más.

Esto se debe a que, como bien apunta el británico Steve Fuller (2015): “aunque los actuales proyectos transhumanistas no discurren según lo planeado, se está nutriendo una cultura que necesita verlos hechos realidad y, por tanto, [el capital] está dispuesto a financiarlos de manera continuada”. No seamos ingenuos, las big tech, las grandes corporaciones tecnológicas no sólo invierten en software y hardware, sino que están allanando el camino, preparándonos para lo que está por venir. El auge del cine y la literatura transhumanista da cuenta del hecho de que hay toda una industria cultural que está interesada en filtrar una novedosa weltanschauung (cosmovisión). Pero ¿de veras es novedosa?

» El auge del cine y la literatura transhumanista da cuenta del hecho de que hay toda una industria cultural que está interesada en filtrar una novedosa weltanschauung«

En efecto, hablamos de una auténtica ideología, un movimiento cultural e intelectual transnacional que tiene como objetivo transformar radicalmente la condición humana mediante el desarrollo e implementación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico-motriz como psicológico-intelectual (Postigo, 2009). En esto juega un papel fundamental la confluencia de capital y financiación, gurús tecnológicos, por un lado, y científicos e investigadores, filósofos y profesores, por otro.

Un caso paradigmático de este optimismo tecnofetichista es la Universidad de la Singularidad (Singularity University). ¿Qué es exactamente? Es una institución pseudo-académica afincada en Sillicon Valley cuyo propósito es “reunir, educar e inspirar a un grupo de dirigentes que se esfuercen por comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad”. Se ubica más concretamente en el Centro de Investigación Ames de la NASA en Mountain View, California y está dirigida por Ray Kurzweil. Quedémonos con este nombre porque, desde luego, es una figura destacadísima de este movimiento. Sin embargo, no está solo. Se trata de un conglomerado de lo más variopinto de empresarios, emprendedores, informáticos, físicos, capitalistas, escritores, filósofos, sociólogos, profesores de derecho y bioética, editores de revistas y venture capital (capital riesgo): Peter Thiel, Dimitry Itskov, Bill Marris, Larry Ellison, Elon Musk, Sean Parker, Peter Diamandis… el propio Ray Kurzweil, Nick Bostrom, Max More, James Hughes, Glenn Raynolds, Ronald Bailey, entre otros…

En palabras de Santiago Armesilla

La burguesía de Sillicon Valley está más centrada en ser inmortal que en el hambre, las epidemias, la pobreza absoluta y relativa o las desigualdades sociales en el Planeta (…) el transhumanismo, para ellos, es la ideología coherente con la siguiente fase del capitalismo (Armesilla, 2018: 55).

En resumen, hablamos de un movimiento protagonizado por falsos filántropos que se aferran a la existencia por vía de una utopía futurista.

Hace poco escuchábamos en las noticias que el físico, emprendedor y multimillonario Elon Musk comenzaría a testar a partir de este 2021 un microchip desarrollado por Neuralink que promete neutralizar enfermedades como la demencia, el Parkinson o las lesiones de la médula espinal e incluso, controlar dispositivos con la mente. Pero ¿Qué subyace realmente a todo esto? ¿Qué se pretende abolir? En nuestra opinión, lo que subyace es una filosofía nihilista fruto del pánico a la muerte, que enarbola un falso vitalismo y que pretende abolir aquello constitutivo del ser humano, el sufrimiento.

Desde que el biólogo Julian Huxley (por cierto, hermano del afamado escritor Aldous Huxley) empleara en 1957 el término “transhumanismo”, la tecnología ha avanzado a un ritmo tan frenético que se ha generado un entusiasmo colectivo (e histeria) amén de ver cada vez más cerca el advenimiento de esta utopía disponible.

Sirviéndonos, de nuevo, del artículo ¿Es posible un transhumanismo marxista? (2018) de Santiago Armesilla, veamos un par de casos.

  • Desde que en 2002 el fundador de Paypal, Peter Thiel vendiera la compañía “se ha dedicado a dirigir varios fondos de inversión con un simple propósito: evitar la muerte (…) Thiel, y otros, piensan que los avances en biotecnología serán una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad. En sus propias palabras: ‘Es posible, y necesario, erradicar el envejecimiento, e incluso la muerte’” (Armesilla, 2018: 52-53). De las palabras de Thiel se desprende no un hipotético entusiasmo por el futuro, sino un pavor tremendo por la finitud, por la muerte. Como se verá más adelante, esta huida generalizada de aquello que inviste de sentido a la vida del Hombre comportará graves repercusiones para la sociedad y la antropología humanas.
  • El empresario ruso Dimitry Itskov, promotor del proyecto Avatar que ha llegado a hacer declaraciones del estilo “nos convertiremos en seres de luz” planea producir en serie “ciborgs que almacenarían, como si de datos en discos duros se tratase, conciencias humanas después de la muerte orgánica, permitiendo vivir sin ataduras biológicas” (Armesilla, 2018: 53). Este es, literalmente el argumento central de la película Trascendence, protagonizada por Johnny Depp. En ciertas ocasiones, la realidad supera a la ficción. En esencia, no deja de ser expresión de la dicotomía platónica cuerpo-alma, bajo la cual el cuerpo es la cárcel del alma: “¿no conviene al cuerpo la disolución, y al alma el permanecer siempre indisoluble ó en un estado poco diferente?” (Fedón, 56). También en el Fedro observamos una reflexión semejante: “Todo cuerpo, en efecto, que recibe de fuera su movimiento es inanimado, mientras que el que lo tiene dentro y lo recibe de sí mismo es animado, porque es ésta la naturaleza del alma. Y si esto es así, si lo que mueve a sí mismo no es otra cosa que el alma, necesariamente será el alma ingénita e inmortal” (Fedro, 291).
  • Pero si hay una reflexión sugerente que -al menos- es sincera y no enmascara una falsa conciencia filantrópica, reconociendo que el origen de esta cosmovisión es el miedo, es sin duda la de Ray Kurzweil, escritor y científico (que como se ha apuntado anteriormente es uno de los padres intelectuales del transhumanismo tal y como lo entendemos hoy en día). Para Kurweil, “alrededor del año 2045 la capacidad de los ordenadores sobrepasará a los cerebros humanos, y la única manera en que podríamos sobreponernos a ese momento crítico sería por medio de la mejora de nuestra biología” (Armesilla, 2018: 54). Esto es, el ser humano en su obsesión por el desarrollo tecnológico ha desatado una inteligencia artificial (AI) tan sorprendente que -potencialmente- superará las capacidades humanas. Por ende, en esa carrera parricida en que la máquina puede aniquilar a su creador (al igual que con Nietzsche el género humano mató a Dios), el Hombre debe mejorar sus condiciones biológicas, simplemente para sobrevivir. ¿Quién sino pondrá freno a los androides de última generación? ¿Quién aplacará la rebelión de los replicantes como en Blade Runner?

Como se ha sugerido, esta cosmovisión no es del todo novedosa, por el contrario, hunde sus raíces en el nihilismo y, más en particular, se remonta al movimiento vanguardista llamado futurismo, cuyo texto fundacional es el Manifiesto futurista (1909) de Filippo Tommaso Marinetti.

El hombre multiplicado y la agonía de Eros

“Un valiente que quiere el ateísmo en el futuro se llama a sí mismo ateo; un valiente que quiere el socialismo, socialista; un valiente que quiere el catolicismo, católico. Pero un cobarde que no sabe lo que quiere en el futuro se hace llamar futurista”.

Gilbert Keith Chesterton, Los futuristas, 1909.

En 1909 el poeta, escritor e ideólogo fascista Filippo Tommaso Marinetti escribía el Manifiesto futurista. Poderosamente cautivado e influido por los escritos de Friedrich Nietzsche, George Sorel o Gabriele D’Annunzio, haría una oda al peligro, la velocidad y la temeridad, definiendo su movimiento como una “estética de la violencia y de la sangre” (Torrent, 2008).  Más allá de las soflamas proto-fascistas, la misoginia o el desprecio por la tradición, lo interesante de dicho texto es que asentó las bases teóricas del actual transhumanismo. Hemos de ser conscientes de que como vanguardista del novecento, su propuesta artística y filosófica era una respuesta visceral a una crisis finisecular, una crisis civilizatoria que tañía de decadencia a su patria, Italia.

«El futurismo, que fue una respuesta visceral a una crisis civilizatoria, asentó las bases teóricas del actual transhumanismo»

Así lo reconoce el propio Marinetti: “preconizamos una gran idea nueva que nace de la vida contemporánea” (Marinetti, 1978 [1910]: 74-75).

De ello se desprende su continua exhortación a la ruptura con el pasado, con el pálido reflejo de lo que Europa un día fue… En sus propias palabras:

IV. Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera con su vientre ornado de gruesas tuberías, parecidas a serpientes de aliento explosivo y furioso… un automóvil que parece correr sobre la metralla es más hermoso que la Victoria de Samotracia.

No obstante, este documento, pese a ser el más conocido, no es para nada el más interesante. Si bien es cierto que hay una clara impronta nietzscheana en el Manifiesto que invoca la voluntad de poder al “cantar al hombre que es dueño del volante”, dueño de su propio destino, así como un claro vitalismo:

para los moribundos, para los inválidos y para los prisioneros, puede ser bálsamo de sus heridas el admirable pasado, ya que el porvenir les está prohibido. ¡Pero nosotros no, no le queremos, nosotros los jóvenes, los fuertes y los vivientes futuristas!

Debemos referirnos a otro de sus textos, titulado L’uomo multiplicato e il Regno della macchina de 1910. En él bosquejará su personal concepción del “hombre multiplicado” (una suerte de übermensch). Es esta ensoñación de un posthumano la que podemos considerar un claro precedente del pensamiento transhumanista. Marinetti reconocía:

aspiramos a la formación de un tipo inhumano, en el que quedarán abolidos el dolor moral, la bondad, la ternura y el amor, únicos venenos corrosivos de la inagotable energía vital (…) Admitimos la posibilidad de un número incalculable de transformaciones humanas (Marinetti, 1978 [1910]: 76-77).

Veamos. En este fragmento tres son al menos los elementos que consideramos más reseñables. A saber: (i) la formación de un tipo inhumano; (ii) la abolición del dolor moral, la ternura y el amor; (iii) la posibilidad de incalculables transformaciones humanas. Consideramos que estos son al mismo tiempo los pilares básicos del transhumanismo. A partir de dichas premisas, podríamos definir el transhumanismo como la ideología que se propone la formación de un tipo inhumano depurado del lastre del dolor moral (conciencia), la ternura y el amor mediante todo tipo de transformaciones humanas a partir de la biotecnología, la ingeniería genética, la inteligencia artificial, la selección eugenésica de la especie y la tecnología farmacológica en general.

Pero, aceptando que es posible extirpar el dolor físico del ser humano, ¿es acaso posible extirparle también el sufrimiento in extenso, la conciencia? Marinetti parece ensañarse con la condición humana, con aquello verdaderamente constitutivo de la experiencia del Hombre. Son varios los pasajes en los que el italiano -como si del mismísimo Nietzsche se tratara- pretende liberarnos de las cadenas de la moral de esclavos a golpe de martillo ¡en este caso, claro está, hidráulico o mecánico! Marinetti lo tenía claro, la consigna es liberarse del yugo de esa moral endeble, mórbida: “El tipo inhumano y mecánico construido para una velocidad omnipresente será naturalmente cruel, omnisciente y agresivo” (Marinetti, 1978 [1910]: 77).

¿Qué sucedería si una sociedad saturada del yo, solipsista e hipernarcisista fuera el caldo de cultivo preciso para que este hombre multiplicado prosperara? La larga noche del ethos neoliberal se ha encargado de abrir la puerta a los monstruos, al advenimiento posthumano. Y ya se sabe que “cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo mira dentro de ti”. Pareciera que hubiéramos seguido los consejos de Marinetti a pies juntillas, como si de un prospecto se tratase. Por ello, merece la pena que reproduzcamos aquí un extenso fragmento:

Para preparar la formación de este tipo inhumano y mecánico del hombre multiplicado es preciso disminuir singularmente la necesidad de cariño (…) hace falta para esto que los machos contemporáneos, al fin hartos de novelas eróticas y del doble alcohol sentimental y lujurioso, definitivamente inmunizados contra la enfermedad del amor, aprendan poco a poco a destruir en ellos todos los dolores del corazón, desgarrando a diario sus afecciones y distrayendo continuamente su sexo y su imaginación (…) ¡El hombre multiplicado que nosotros soñamos (…) no conocerá la tragedia de la senectud ni la tragedia de la impotencia” (Marinetti, 1978 [1910]: 78-81).

En esta cruzada personal del poeta contra “la enfermedad del amor”, el cariño, lo sentimental y lujurioso destaca una palabra: “eróticas”. Es preciso asesinar a Eros para que emerja -triunfante- el hombre nuevo.

Podríamos cerrar la discusión tildando a Marinetti de enajenado, misántropo, o en palabras de Chesterton advirtiendo “el aroma de su espíritu en descomposición” (Chesterton, 2015: 81), pero lo cierto es que por estridentes que suenen sus palabras, hay en la actualidad, toda una corriente de pensamiento posmoderna que bebe de sus mismas fuentes. ¿No es acaso la intención última de los defensores del transhumanismo aprender a destruir todos los dolores del corazón para liberarse así definitivamente de la senectud y la impotencia?

Estamos asistiendo a lo que el filósofo Byung-Chul Han denominó lúcidamente La agonía del eros (2012). En resumidas cuentas, el coreano sostiene que estamos inmersos en un profundo proceso agónico de eliminación de la “otredad”. En su opinión, los intelectuales no han reparado lo suficiente en esta cuestión de tal modo que las teorías filosóficas y sociológicas “desconocen que hoy está en marcha algo que ataca el amor (…) se trata de un proceso que progresa sin que, por desgracia, muchos lo adviertan” (Han, 2018: 19-20). Esta eliminación paulatina y silenciosa es la inversión perversa del amor oblativo. Es decir, de aquello que es entrega, dádiva, sacrificio (en pos del otro). Presenciamos, por ende, cómo “el amor verdadero [que] asume que es necesario no ser ya nada para que el otro sea” (Badiou, 2018: 11-12) se disuelve en las páginas de la historia y queda relegado como mucho a la categoría de “mito del amor romántico” (mito, por cierto, que los autodenominados “progresistas” bien se han encargado de dinamitar[1]). Explica Han (2018):

No solo el exceso de oferta de otros otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad. En realidad, el hecho de que el otro desaparezca es un proceso dramático (Han, 2018: 19).

El bombardeo mediático durante décadas respecto a la promesa de éxito: hombre-soltero-empresario-de-sí-financiero-sin-escrúpulos es el reflejo mimético de un zeitgeist. Un espíritu del tiempo en que

La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad (…) El mundo se le presenta [al sujeto] solo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esa alteridad (…) Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo. La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo (Han, 2018: 20).

Eros, esa fuerza sobrenatural, motor de la existencia humana que permite a una conciencia salir al paso, al encuentro de otra conciencia, del otro, agónica, exhala su último aliento y con él el aliento de toda una civilización. Como si arrancáramos de cuajo las páginas del Cantar de los cantares de las Sagradas Escrituras, arrebatando de un plumazo la posibilidad de que San Juan de la Cruz preguntara aquello de: “¿Adónde te escondiste, amado?”

La agonía del eros enquista al sujeto moderno en su propio yo. Puesto que

El Eros [es aquello que] arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo (…) el Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad, que saca al uno de su infierno narcisista (Han, 2018: 21-22).

Lo preocupante no es que haya una élite dominante y poderosa que propugne esta agonía como un triunfo, sino que tras esa victoria de Tánatos frente a Eros sale profundamente herido también el “pathos”.

El triunfo del transhumanismo: de la sociedad psicopática

“Y la fuerte y sana injusticia estallará radiosamente en sus ojos. Y estará bien. Porque el arte no puede ser más que violencia, injusticia y crueldad”.

Filippo Tommaso Marinetti, Manifiesto futurista.

Si se ha seguido correctamente la explicación, el lector rápidamente advertirá que lo pernicioso de todo esto no es que el hombre persiga afanosamente el fantasma de la inmortalidad (ello es así desde que el hombre es hombre, es inherente a la vocación trascendente del ser humano); tampoco nos preocupa, en demasía, el proceso de la agonía del eros, este es un proceso que lleva en marcha desde los inicios de la modernidad (aunque se haya acentuado en las últimas décadas); siquiera nos resultan alarmantes las connotaciones eugenésicas y maltusianas que ponen sobre la mesa las discusiones transhumanistas. Sostenemos, por el contrario, que, lo verdaderamente lesivo y gravoso para el ser humano y su antropología es que esta carrera por la abolición del sufrimiento humano supone la negación radical de la condición humana, y, peor aún, que esto nos conduce irremediablemente a una sociedad psicopática.

«Lo verdaderamente peligroso para el ser humano y su antropología es que esta carrera por la abolición del sufrimiento humano nos conduce irremediablemente a una sociedad psicopática«

Estamos al albur de una clase dominante tecnofetichista que -a día de hoy- promociona culturalmente el advenimiento de una utopía futurista. Una utopía que por la celeridad del progreso técnico parece cada vez más viable. Pero una utopía “disponible” que, a fin de cuentas, nos lleva a un precipicio existencial, basada en un engaño (i) que es posible erradicar el sufrimiento de la experiencia humana y en una ilusión (ii) que en caso de que técnicamente esto fuera viable no reportaría consecuencias catastróficas para el ser humano. Estamos en una encrucijada, un paso en falso puede significar acabar de una vez y para siempre con el Hombre tal y como lo conocemos. Y, sin ánimo de ser fatalista, todo apunta a que nos dirigimos precisamente a ello…

Pero, retomando el hilo. ¿A qué me refiero al hablar de sociedad psicopática?

Es ampliamente conocido que Aristóteles en su libro segundo de la Retórica acuña el vocablo “pathos”. Aunque él lo aplicara al arte de la persuasión, posteriormente adquirió connotaciones tanto psicológicas como filosóficas. Actualmente, podemos emplearlo para referirnos al sufrimiento humano, el sufrimiento existencial propio de “estar en el mundo”, pero totalmente antagónico al sufrimiento patológico o mórbido (esto último es importante). Pues bien, Aristóteles al hablar de la compasión sostenía lo siguiente:

Cuantas cosas resultan de compasión destructivas entre las que causan pesar o dolor físico, ésas son, en efecto, dignas de compasión; y también cuantas provocan la muerte, así como todos los males grandes de que es causa la fortuna (…) Compadecemos, asimismo, a los que son semejantes a nosotros en edad, costumbres, modo de ser, categoría o linaje, ya que en todos estos casos nos da más la sensación de que también a nosotros podría sucedernos (lo que a ellos); pues, en general, hay que admitir aquí que las cosas que tememos para nosotros, esas son las que nos producen compasión cuando les suceden a otros (Aristóteles, 1999: 356-358).

A grandes rasgos, la compasión puede estar originada por el dolor físico, la muerte y el infortunio de aquellos semejantes a nosotros. ¿Por qué? Porque es precisamente la experiencia del “pathos” (en sentido amplio), del sufrimiento humano lo que nos permite pasar al otro, comprenderle. Es nuestra propia experiencia de dolor físico, muerte e infortunio lo que activa en nosotros la compasión. De modo que, si seguimos las derivaciones etimológicas de la palabra “pathos” daremos fácilmente con el concepto de “empatía”. Ese ponerse en la piel del otro a partir del reconocimiento del otro como “semejante” corre el riesgo de morir en la sociedad transhumanista. Si algún día el ser humano llegara a disponer de los avances tecno-científicos para erradicar el sufrimiento, automáticamente se aboliría también a sí mismo como especie. De la agonía del eros a la agonía del pathos la línea es muy estrecha… Extirpar de la experiencia humana el dolor, el sufrimiento es eliminar la posibilidad misma de comprender el sufrimiento ajeno y con ello empujaríamos a esa futurible posthumanidad al perfecto negativo de la empatía, deviniendo una sociedad psicopática.

Nos acercamos a pasos agigantados a una patología social que consiste en la incapacidad de sentir el sufrimiento ajeno como propio. No puede haber mejor antídoto para el futurismo que volver a los clásicos y dialogar con ellos. El movimiento futurista glorificaba la guerra como “única higiene del mundo” exhortando a los jóvenes repletos de energía vital a “demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo (…) y todas las cobardías oportunistas”. Nosotros nos atenemos a la advertencia que hacía una de las mentes más preclaras de la historia del pensamiento, quien pocos meses después de la publicación del Manifiesto futurista, salió al encuentro de tan descabelladas ideas. Nos referimos, por descontado, a Gilbert K. Chesterton que en noviembre de 1909 dedicaba unas palabras a Marinetti en un breve artículo titulado Los futuristas: “a los guerreros del pasado les gustaban los torneos, que al menos eran peligrosos para ellos mismos, mientras que a los futuristas les gustan los coches de carreras, que sobre todo son alarmantes para los demás” (Chesterton, 2015: 79).

Los defensores y promotores del transhumanismo parecen disfrutar de la velocidad de ese coche de carreras que es hoy la biotecnología. Es nuestra labor hacer uso del freno de mano de la Historia.

BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles (1999). “La compasión”. En Aristóteles (1999). Retórica. Editorial Gredos: Madrid. ISBN: 84-249-1423-6. Disponible en: http://www.hermanosdearmas.es/wp-content/uploads/2017/12/aristoteles-retorica-gredos.pdf

Armesilla, S. (2018). ¿Es posible un transhumanismo marxista? Eikasia: Revista de filosofía, Nº. 82, julio-agosto, 2018, págs. 49-86. ISSN: 1885-5679. Disponible en: https://www.revistadefilosofia.org/82-02.pdf

Badiou, A. (2018). “Prólogo”. En Han, B. Ch, (2018). La agonía del eros [2ª Edición]. Herder: Barcelona. ISBN: 978-84-254-3275-0.

Chesterton, G. K. (2015). “Los futuristas”. En Chesterton, G. K. (2015). Alarmas y digresiones. El Acantilado: Barcelona. ISBN: 978-84-1601-166-7.

Fuller, S. (2015). “Can be transhumanism avoid becoming the marxism of the 21st century?”, Institute for Ethics and Emerging Technologies, Boston, 8 july 2015. Disponible en: https://ieet.org/index.php/IEET2/more/fuller20150723

Han, B. Ch, (2018). La agonía del eros [2ª Edición]. Herder: Barcelona. ISBN: 978-84-254-3275-0.

Marinetti, F. T. (1909). Manifiesto futurista, Le Figaro, 20 de febrero de 1909.

Marinetti, F. T. (1910). El hombre multiplicado y el reinado de la Máquina. En Marinetti, F. T. (1978). Manifiestos y textos futuristas. Ediciones del Cotal: Barcelona. ISBN: 84-7310-014-X. Disponible en: https://issuu.com/observatorio_panoptico/docs/f._t._marinetti_-_manifiestos_y_tex

Platón (1871). “Fedón”. Obras completas de Platón. Edición de Patricio de Azcarate, Tomo V, Medina y Navarro Editores: Madrid. Disponible en: http://www.filosofia.org/cla/pla/img/azf05009.pdf

Platón (1871). “Fedro”. Obras completas de Platón. Edición de Patricio de Azcarate, Tomo II, Medina y Navarro Editores: Madrid. Disponible en: http://www.filosofia.org/cla/pla/img/azf02257.pdf

Postigo, E. (2009). Transhumanismo y posthumano: principios teóricos e implicaciones bioéticas. Medicina y ética: Revista internacional de bioética, deontología y ética médica, Vol. 21, Nº. 1, 2010, págs. 65-83. ISSN: 0188-5022. Disponible en: http://publicaciones.anahuac.mx/bioetica/issue/view/74/Medicina%20y%20Etica%20Vol.%20XXI%20No.%201

Torrent, R. (2008). Cien años de futurismo. CBN: Revista de estética y arte contemporáneo, Nº. 1, 2008, págs. 26-35. ISSN: 1888-9719. Disponible en: http://repositori.uji.es/xmlui/bitstream/handle/10234/35760/33847.pdf?sequence=1


[1] A modo de provocación, a estos progresistas les sugeriría que leyeran al autor en cuestión, fascista, el cual defendía lo siguiente: “Veremos desaparecer de este modo no sólo el amor por la mujer-esposa y por la mujer-amante, sino también el amor por la madre, ligadura principal de la familia, y como tal, rémora eterna para la atrevida creación del hombre futuro. Una vez libre de la familia, este sofocador de todo fuego de ideal (…) la humanidad triunfará fácilmente del doble amor filial y maternal, esos dos amores confortantes, pero nocivos, dulces cadenas que es preciso destruir…Atendiendo a esto, encontramos eficaz, por el pronto, la propaganda en pro del amor libre, que disgrega la familia y acelera su destrucción (…) El inmenso amor romántico quedará reducido a la simple cópula para la conservación de la especie” (Marinetti, 1978 [1910]: 80-81).

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