Prólogo de Francisco Erice a mi ensayo «El Estado en disputa»

Tras la larga noche neoliberal y el desmantelamiento del Estado del Bienestar, los debates acerca de la naturaleza del Estado hoy reaparecen con fuerza.

Preámbulo

El texto que presentamos a continuación es el prólogo del libro El Estado en disputa: un itinerario marxista (Imago Mundi, Argentina y El Viejo Topo, España 2022), de Yesurún Moreno. Este prólogo, firmado por el catedrático de Historia Contemporánea y distinguido militante de la izquierda marxista Francisco Erice, es en sí todo un documento de repaso por los debates y posturas en torno a la cuestión del Estado burgués desde una óptica emancipadora. 

¿Por qué ahora? Parece que, tras la larga noche neoliberal y su correlativo desmantelamiento del Estado del Bienestar, reaparecen con fuerza los debates que andaban enterrados acerca de la naturaleza del Estado. En esta tarea de reconstrucción de los grandes debates, la editorial Sylone, junto con la revista Viento Sur han acertado de lleno al publicar una antología de las discusiones entre Ralph Miliband, Nicos Poulantzas y, posteriormente, Ernesto Laclau que tuvieron lugar en el seno de la New Left Review a finales de los 60 y principios de los 70.

El estimulante epílogo de Martín Mosquera y Brais Fernández es la guinda a un pastel que se torna más necesario que nunca. Esta última edición, además, cuenta con un maravilloso estudio preliminar que se encontraba en la primera edición en español de aquella controversia teórica. Y fue ese mismo sello editorial —que ha tenido a bien publicar mi ensayo— el que publicó en 1991 la compilación «Debates sobre el Estado capitalista»: Imago Mundi Ediciones, cuyo editor es también el mismo que hoy decidió publicar mi trabajo: Alejandro Daniel Falcó. 

Por ende, este prólogo en primicia que —como decía— es un buen resumen de los diferentes posicionamientos teóricos sobre el Estado y dialoga a la perfección con la publicación de Sylone, nos permite poner en valor la trayectoria de editoriales humildes pero comprometidas y valientes (como aspiran a ser los desposeídos: humildes, pero comprometidos y valientes).

Prólogo

Que los debates marxistas sobre el Estado sigan concitando la atención de los científicos sociales puede entenderse como signo de su vitalidad potencial o de la insatisfacción con las explicaciones alternativas proporcionadas por otras corrientes teóricas[1]. Que además haya investigadores jóvenes que se interesan seriamente por esta temática y abordan su estudio con una aportación notable de lecturas y reflexiones resulta particularmente esperanzador. Y más cuando se hace, como parece obligado después de tantas décadas de derrotas políticas y retrocesos en la influencia intelectual del materialismo histórico, sin ninguna intención de mantener estériles fidelidades nostálgicas, pero a la vez con el suficiente respeto a una tradición de pensamiento que, como mínimo, debe decirse que sigue conservando su capacidad de estimular el pensamiento crítico.

Puede admitirse que Marx no elaboró un marco teórico sobre el Estado y «lo político» equiparable a su teoría económica; o que sus aportaciones resultan, a menudo, ambiguas, fragmentarias y escasamente sistemáticas[2]. Pero deducir de ello que su aportación en ese terreno es poco menos que irrelevante dista mucho de rendir justa valoración de su legado. Y, desde luego, asegurar que el marco global del pensamiento marxista no ofrece espacios adecuados en los que ubicar una teoría de «lo político» que enriquezca el desarrollo de una concepción materialista de la historia y de la sociedad es, cuando menos, discutible[3].

Hay varios tipos de críticas que se han proyectado sobre todo en torno a la obra particular de Marx (o Marx y Engels) en este campo. La primera o más general es la del estatus escasamente teórico y a menudo contradictorio de sus múltiples observaciones sobre el papel de los Estados, las estructuras o las luchas políticas que pueblan, como no podía ser de otra manera, sus escritos. Como el de Marx es —obviamente— un pensamiento en desarrollo, no es difícil encontrar, desde luego, cambios de perspectiva, énfasis y preocupaciones diversas, circunstancia tan lógica que sólo debería sorprender a los amantes de las visiones esencialistas y fideístas[4]. Estos cambios —y también, por qué no decirlo, eventuales contradicciones— tampoco están ausentes del resto de la obra de Marx, que debe ser leída, como cualquier otra, con ojos críticos, separando el grano de la paja, las intuiciones fértiles de las vías muertas y lo ya caduco de lo que aún permanece vigente, que no es poco. El problema, a menudo, no es saber si Marx nos sigue siendo útil, en general o en algún punto en concreto, sino de qué Marx estamos hablando. No hay, por supuesto, infinitos Marx, pero tampoco uno solo pétreo y monolítico.

Otro tipo de críticas puede llegar a ser, seguramente, más demoledor, en cuanto que subraya no ya las ausencias sino la supuesta incompatibilidad del esquema marxista con el análisis del campo de «lo político». Suele añadirse a este argumento que el «paradigma de la producción» o incluso «de la lucha de clases» elimina la sustantividad o la «autonomía» de lo político. Según Ramón Máiz, eso es precisamente lo que le sucede a Marx, para quien la dimensión política se termina reduciendo a la exteriorización pura y simple de los intereses de clase. Es cierto —reconoce— que en los trabajos históricos o histórico-políticos del pensador alemán, el nexo entre los fenómenos  políticos y las relaciones de producción se complejiza y a la vez se flexibiliza, pero finalmente —opina Máiz— nunca se abandona el «paradigma de la producción»; amén de que su voluntad holística ocluye el desarrollo del análisis empírico-histórico y la adecuación a la facticidad histórica: «El paradigma principal de Marx degrada, en consecuencia, el Estado a la condición de mera “forma ilusoria” cuya auténtica realidad reside en otro ámbito: la sociedad civil, entendida como el modo de producción capitalista…»[5].

Cabe preguntarse si afirmaciones tan absolutas no resultan abusivas o no toman la parte —aunque se trate de una parte relevante— por el todo. El argumento crítico mencionado presenta un doble filo: es interesante si incide, de uno u otro modo, en aquello que también dentro del campo marxista ha sido calificado de «autonomía relativa» de lo político; peca de mistificador si entiende la herteronomía de ambos términos como simple desconexión, según suele ser propio de la nueva Historia política o del pensamiento posmoderno. 

Precisamente una de las grandes virtudes de la visión política marxista es la vinculación necesaria de la política con los intereses sociales y los nexos entre explotación y dominación; no de manera mecánica y lineal, pero no por ello menos real. Si la ignoramos, nos encontramos presos de la ingenua o tergiversadora idea de la independencia absoluta de la política, tratada consecuentemente de manera descriptiva y formalista; o de las visiones unilateralmente «decisionistas», los psicologismos y subjetivismos vacuos, unidos a pueriles y enfáticas reivindicaciones de la «libertad irrestricta del sujeto», o incluso a las sobrevaloraciones del acontecimiento—ruptura que se sustentan a sí mismo como milagroso recurso pseudoexplicativo. En otras palabras, representan no un avance contra posiciones deterministas, como a veces se las exhibe, sino un retroceso puramente idealista.

La idea de la «libertad del sujeto», a  menudo, no pasa de ser un mantra de oscuras y tendenciosas intenciones neoliberales; pero incluso puede estar, como el camino del infierno, empedrada de buenas intenciones, por ejemplo en románticas reivindicaciones de una «historia desde abajo» donde se hace aparecer a los sujetos «populares», más allá de mostrar la necesaria y legítima explicación y legitimidad de sus actos, como protagonistas tendencialmente liberados de determinaciones —o condicionamientos— estructurales. Una especie de populismo, desde luego, ajeno a la lógica explicativa propia del realismo marxista.

Una variante de estas posiciones idealistas que separan lo político de los condicionamientos sociales es la propia de las posmodernas «teorías del discurso» (Laclau-Mouffe y otros), que disfrazan de antiesencialismo y antideterminismo lo que no es más que un idealismo vagamente velado y un relativismo que soslayan sin ambages las condiciones materiales, y resultan por ello absolutamente incapaces de hacernos comprender las instituciones, las organizaciones y las prácticas políticas reales[6].  

En otro sentido, se alude a la supuesta inexistencia —a veces con acentos más weberianos y otras más foucaultianos— de una teoría de la «dominación» en Marx, obsesionado por la «explotación» o empeñado en extender la larga sombra omnímodamente explicativa de la misma sobre cualquier tipo de relaciones sociales[7]. El tema —y la confrontación o confluencias de Marx y Foucault— requeriría un tratamiento mucho más detallado del que aquí podemos ni siquiera sugerir. Baste señalar por mi parte, más como declaración que como argumentación trabada, que si bien resulta evidente que algunas confluencias marxista-weberianas han tenido y tienen enorme interés, por el contrario comparto la idea de que la noción foucaultiana de «poder», más allá de las sugerencias útiles acerca de su capilaridad, explica realmente poco, y que el rechazo radical  de Foucault a lo que identifica como «estatocentrismo» limita sus aportaciones en este campo, orienta sus trabajos en un sentido formalista y descriptivo (con su absurdo rechazo añadido a toda explicación causal, contra el marxismo y la Historia social), y sobre todo oblitera los nexos entre el «poder» (que se convierte en una especie de fluido errático) con lo institucional y lo social. La «gubernamentalidad» foucaultiana, con sus tecnologías,  se desliga de la lucha de clases o cosa que se le parezca y se disuelve en una «economía general del poder»[8]

Por supuesto, con buen criterio, Yesurún Moreno no se centra en Marx, sino que extiende su mirada a la amplia y diversa tradición marxista; o, por decirlo mejor, a una parte de ella, pues deja de momento fuera, como bien señala, algunas de sus múltiples derivaciones. Y si de tradición marxista se trata, la idea del supuesto erial en este terreno pierde, desde luego, una parte esencial de su capacidad de convicción. Pensemos que hablamos no ya de los «padres fundadores», sino de los clásicos de generaciones posteriores (Gramsci y otros), de las polémicas entre «estructuralistas» e «instrumentalistas» (o, si se quiere, entre Poulantzas y Miliband), de los «derivacionistas», de Göran Thernborn, de la teoría «estratégico-relacional» de Jessop (que Yesurún, justamente, valora de manera destacada)… O de interesantes aportaciones de la llamada Sociología histórica marxista o con alguna afinidad marxistizante (los nombres de Perry Anderson, Charles Tilly, Immanuel Wallerstein, Theda Skocpol, Michael Mann o Barrington Moore Jr. son bastante elocuentes), por no añadir trabajos entre lo histórico, lo politológico o lo sociológico de latinoamericanos, como Atilio Borón, Pablo González Casanova u otros. Más allá de estos nombres —y otros muchos que podrían añadirse— toda la teoría marxista (la teoría de las clases, la Economía política, etc.) está plagada de desarrollos que afectan a la comprensión del Estado y las estructuras políticas.

En modo alguno podemos ignorar la variedad de cuestiones abordadas en estos trabajos de enorme interés para la necesaria reconstrucción de un materialismo histórico a la altura de los nuevos retos teóricos del siglo XXI[9]. Hay algunas ventajas «estratégicas» de la visión marxista que me parecen irrenunciables: la relación necesaria de la política con las luchas sociales y las contradicciones de la «sociedad civil», el rechazo del subjetivismo o el «individualismo metodológico», etc. Bob Jessop prefiere hablar de «tendencias» y no de «determinaciones» y considera al Estado atravesado por asimetrías de poder más que instrumento estricto de una clase («puede —señala— que el análisis marxista exagere la coherencia estructural de la dominación de clase, descuidando sus disyuntivas, contradicciones, tendencias compensatorias, etc.»); pero no olvida que «una explicación adecuada del Estado sólo puede desarrollarse como parte de una teoría de la sociedad»[10].  

Lo accidental o lo desechable en la tradición marxista es, desde luego, el determinismo económico y clasista tan patente en algunos aforismos (el Estado como «consejo de administración» de los intereses de la clase dominante) y la eliminación de un campo y una lógica específica —que no independiente— para lo político; también, seguramente, el «instrumentalismo» o el «estructuralismo» rígidos como formas de aproximación al Estado, aunque en estas perspectivas haya siempre elementos valiosos que pueden ser recuperados.  Cuando uno lee incluso los viejos análisis de Göran Thernborn, aprecia lo mucho que se puede abordar desde perspectivas marxistas, con consecuencias fértiles, el Estado de tipo capitalista: por ejemplo, sobre sus tecnologías organizativas, los «formatos de representación» del Estado burgués (de los sistemas de «notables» al «partido del trabajo»), o los procesos de mediación que realiza con la sociedad[11].             

El joven autor de este libro tiene la osadía (en el mejor sentido de la palabra) de abordar una parte relevante y compleja de estas corrientes y campos temáticos, pero también la humildad de dejar —supongo que de momento— de lado algunos otros. No habla, por ejemplo, de los debates (a la manera engelsiana) sobre el origen del Estado; de las polémicas neomarxistas sobre el imperialismo o las teorías del capitalismo monopolista de Estado; de la idea de la «crisis fiscal del Estado» (O’Connor) o los problemas del Derecho a la manera que plantea Pasukanis; o de las cuestiones de la territorialización y las guerras tan del gusto de la Sociología histórica. Algunas exclusiones me parecen lógicas, pero no sé si suficientemente argumentadas (por ejemplo, la de Althusser porque —asegura— le provoca «sentimientos encontrados»). Yo matizaría también alguna de sus afirmaciones, sin que eso signifique pensar que poseo mejores credenciales que las suyas al abordar estos temas.

Creo que hace bien en limitar el campo en lo que, en definitiva, no puede ser, por su extensión, más que un ensayo. Pero nos ofrece un texto rico, sugerente y atractivo, y, sobre todo, la premonición o el anuncio de nuevos trabajos igualmente promisorios. Anhela —¿por qué no?— aportaciones de otras corrientes, como un marxismo abierto debe hacer. Nos recuerda que las lagunas de Marx o sus inmediatos albaceas pueden ser cubiertas por sus herederos actuales o futuros. Una vez abandonada —parece que definitivamente— la metáfora de la «extinción del Estado», parece también necesario reflexionar sobre cómo podría construirse una hipotética estructura estatal socialista o poscapitalista en el futuro, o sobre las relaciones entre democracia participativa y representativa. Desde luego, la pertinencia teórica —y política— de estos asuntos lo requiere.

Notas

↑1Aunque tiene ya algunos años, una accesible comparación entre la distintas corrientes y sus mezclas e hibridaciones es la de David Marsh y Gerry Stoker (eds.), Teoría y métodos de la ciencia política, Madrid, Alianza, 1997. Tratamiento más general o más temático en Terence Hall y Richard Bellamy (eds.), Historia del pensamiento político del siglo XX, Madrid, Akal, 2013; o en Aurelio Arteta, Elena García Guitián y Ramón Máiz (eds.), Teoría política: poder, moral, democracia, Madrid, Alianza, 2003.
↑2Ma. Luz Morán, «La distribución del poder en las sociedades avanzadas», en Jorge Benedicto y Ma. Luz Morán (eds.), Sociedad y política. Temas de sociología política, Madrid, Alianza,1995, pp. 82-94.
↑3Francisco Erice, En defensa de la razón. Contribución a la crítica del posmodernismo, Madrid, Siglo XXI de España, 2020, pp. 475-498.
↑4Una lectura detenida de los desarrollos sobre el Estado en Marx en Antoine Artous, Marx, el Estado y la política, Barcelona, Sylone, 2016. Sobre la evolución de los planteamientos de Marx en relación con el tema, puede verse también Ramon Máiz, «Karl Marx: De la superación del Estado a la dictadura del proletariado», en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la teoría política, Madrid, Alianza, 1992, t. 4, pp. 103-169.
↑5R. Maíz, «Karl Marx», pp. 104-107 y 127.
↑6Exposición y críticas a estos planteamientos en D. Marsh y G. Stoker (eds.), Teoría y métodos, pp. 125-142, o F. Erice, En defensa de la razón, pp. 209-269.
↑7Néstor Kohan, Nuestro Marx, Madrid, La Oveja Negra, 2013, pp. 61, 533-536 y otras, niega estas afirmaciones.
↑8Comparto estos análisis de Arnault Skornicki, La gran sed de Estado. Michel Foucault y las ciencias sociales, Madrid, Dado, 2017, pero no su llamamiento a la convergencia con el marxismo.
↑9Un repaso a los debates en este campo realizados entre las décadas de 1960 y 1990, en Mario Domínguez Sánchez, «Epílogo: Elementos para una teoría materialista del Estado», en Joachim Hirsch y otros, Estado y capital. El debate derivacionista, Madrid, Dado, 2020, pp. 547-680.
↑10Bob Jessop, El Estado. Pasado, presente, futuro, Madrid, La Catarata, 2017.
↑11Göran Thernborn, ¿Cómo domina la clase dominante? Aparatos de Estado y poder estatal en el feudalismo, el socialismo y el capitalismo, Madrid, Siglo XXI de España, 1979.

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